3 Lágrimas

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“Necesitamos seguir jugando así, un gol más y ya nos vamos contra Cruz Azul”. Eran las palabras de un aficionado rojinegro, cuando su equipo se encontraba al frente del marcador en los inicios del encuentro de vuelta de los cuartos de final de la liga mx contra Santos Laguna.

Todo empezó bien para los fieles seguidores del Atlas y en menos de diez minutos se terminó el sueño de los zorros, pero ya llegaremos a eso.

“Estate listo a las 5 pm, que quiero llegar por mi lonche del Pesebre, tenemos que vivir la experiencia total de la liguilla”. Así es, el Estadio Jalisco volvería a albergar un juego del Atlas, pues desde el 2007 no lo hacía y Emilio quería llegar a barrer la explanada.

Emilio, es de los atlistas más intensos que conozco. Cuenta que la primera vez que asistió a un partido fue un Atlas vs Toros Neza en el Jalisco, con los rojinegros imponiéndose. Ahí nació su perdición, aunque él lo llame afición.

Dieron las cinco de la tarde y  mi celular sonó, era Emilio esperándome en el coche. Acompañándolo iba Diego, otro seguidor del cuadro de Boy, aunque a él parecía no importarle demasiado el partido. Emilio no paraba de hablar de la grandeza del Atlas y llegó la incómoda pregunta: “¿Estás nervioso?”

Sus ojos lo delataron, una mirada pérdida que en el fondo veía la eliminación de su equipo pero sus palabras mentían. “Muchísimo, ya no aguanto las ansias, ya quiero que sea el partido, vamos a semifinales”. Diego lucía indiferente, sólo iba como se dice vulgarmente, “a ver que pedo”.

Mientras ellos se alimentaban en los tradicionales lonches del Pesebre, trataba de pensar todo lo que pasaba por sus cabezas. Veía a todos los atlistas bastante confiados y seguros de su equipo y como no estarlo si su aspiración de la temporada era salvarse del descenso. La liguilla era un sueño guajiro del que los tenían que despertar.

El siguiente paso de la “experiencia total liguilla mx” era ir al gran Chele Ton, un establecimiento en el que todos se concentran a beber bebidas heladas y disfrutar de algún otro partido por la televisión. Ahí precisamente, fue donde llegaron los otros dos personajes que nos acompañarían a ver el juego.

Eran Diego, (al que llamaremos Bautista) un intenso, apasionado y frenético aficionado al Atlas. El último invitado era Carlos, seguidor del Morelia que estaba más preocupado por el partido de su equipo frente a Cruz Azul que por la cantidad de “carrilla” que recibía minuto a minuto gracias a su afición por los purépechas.

La explanada del Jalisco comenzaba a atiborrarse de personas compartiendo la misma ilusión. Niños, mujeres, hombres mayores y familias enteras haciendo fila para llegar a su lugar. Emilio y Bautista discutían sobre los refuerzos que necesitaba el Atlas. “No cabron, Aldo Leao no lo quiero aquí, que cepillen al inútil de Chávez que no hace nada y que lástima que se va Tomás”. “Ya no me digas nada, no me gusta el futbol de estufa, primero que gane el Atlas hoy y luego vemos que pasa”.

Terminó el primer tiempo entre Morelia y Cruz Azul, era momento de trasladarnos al estadio. El pobre Carlos quería quedarse a ver lo que el destino le deparaba a su Monarquía, pero todos se rieron de él. “Pues hay que entrar por la nueve, se ve que no hay mucha gente”.

Si para mí, los segundos se sentían como minutos y los minutos eran horas, no puedo imaginar la sensación de ansiedad que pasaba por Bautista y Emilio. Lo único que los calmaba era ver a sus ídolos calentar y todos juntos coreaban el nombre del guardián que cuidaría su cabaña. “Pinto, Pinto, Pinto, imagina lo que está sintiendo”, decían los dos.

Primer tiro de esquina del partido y seguían llegando fanáticos al inmueble, de repente, el estallido. Gol del Atlas, en su primera jugada, minuto dos y ya estaban ganando en el global. “No mames, no mames, no mames, mi corazón late demasiado rápido, ¿qué pasó?, ¿quién lo metió?, ¿cómo fue?” preguntaba Emilio. “Vale madres, vamos ganando, ¡Venga Atlas!”, contestó Bautista y mientras el estadio casi se caía de la emoción, Carlos seguía preocupado por Monarcas, hasta que Diego le informó que ya estaban eliminados.

Hacía tiempo que no veía una plaza tan entregada y emocionada por su equipo, los 42,350 aficionados estaban atónitos, incluyéndome. El gusto tan solo les duró diez minutos, cuando Santos con ayuda de la zaga local empató los cartones. Se podía escuchar el silencio y la primera lágrima bajar por las caras de los aficionados.

Desde ese momento, todo fue negativo para los tapatíos. Pocos minutos pasando el gol, sucedió el acontecimiento que cambió el encuentro por completo. Tarjeta roja para Miguel Pinto, no había alguien sentado en su lugar, todos mandando saludos a la madre del árbitro.

“Es que no es posible chingado, no con estos árbitros. ¿Qué se creen los cabrones? ¡No mames!” Bautista y Emilio no sabían que pensar.

Lo único que les quedaba era dar el resto de su corazón a sus jugadores. Lo cierto era que faltaba mucho tiempo, pero Atlas ya no tenía variantes, la eliminación se sentía presente en todo el recinto. El equipo local necesitaba que terminara el primer tiempo para reajustarse. Cada llegada de Santos era un pequeño infarto para los rojinegros, el pitazo que indicaba el entretiempo fue el mejor regalo que les pudieron dar.

Cuando se reanudan las acciones, los nervios regresan como hormigas subiendo por las piernas llegando hasta la cabeza. En este tipo de situaciones cualquier cábala es válida, ya sea agarrar el escudo de tu equipo, voltear al cielo pidiendo misericordia o la más popular: morderte las uñas.

Alguien había invocado silencio en el Jalisco. En la cancha no pasaba nada, sólo el tiempo se empezaba a hacer enemigo del Atlas. Bautista ya había entrado en otra etapa del aficionado, cuando nos convertimos en directores técnicos. “Sacas al baboso de Razo para meter al Amaury y que te mande los centros”.

Últimos diez minutos, Atlas volcado al frente buscando el milagro cuando Emilio pronunció las palabras que todo aficionado en su misma circunstancia pensaba: “Aguántenme allá abajo, voy al baño, quiero estar solo unos minutos”. En su rostro, las lágrimas comenzaban a saludar mientras Atlas se despedía del torneo.

Ya nada más faltaba la cereza del pastel: el tercer gol de Santos en los minutos de compensación. Marcador final Atlas 1-3 Santos. El tercer lugar general quedaba eliminado de la liguilla, la fiel cantaba a todo pulmón la canción “te amo” y miles de aficionados se unieron al rito pagano. Todos cantando al unísono, algo que únicamente puedes experimentar en algún estadio de fútbol.

“Lo que más tristeza me da es que se van muchos de este equipo, el siguiente torneo no va a ser lo mismo. Al menos disfruté mi lonche y mis cervezas, si le van a ganar a mi equipo quiero que le ganen bien”. Esas fueron las últimas palabras que pronunció Emilio antes de despedirse de todos y sobre todo de su amado equipo.

Así es el fútbol, un carrusel de sentimientos que todos los fanáticos hemos experimentado alguna vez. Esta vez le toco al Atlas, nadie sabe a quién le va a tocar mañana.

Lo seguro es que siempre estarán los lonches y las cervezas para consolarte.

Paco Morett

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